El deseo de Dios.

“Tú eres grande, Señor, y muy digno de alabanza (…) Nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en ti” (San Agustín)

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Hola amigos de nuestro seminario, es un gusto poder saludarlos a través de este medio para compartir con ustedes un pequeño artículo titulado “El deseo de Dios”.

Dios, infinitamente perfecto y bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para hacerle partícipe de su vida bienaventurada. Dios mismo, al crear al hombre a su propia imagen, inscribió en el corazón de éste el deseo de verlo. El hombre puede con certeza conocer a Dios, con la sola razón, como sumo bien, verdad y belleza infinita.

Aunque el hombre a menudo ignore tal deseo, Dios no cesa de atraerlo hacia sí, para que viva y encuentre en Él aquella plenitud de verdad y felicidad a la que aspira sin descanso. El hombre encuentra muchas dificultades para llegar a este conocimiento de Dios. Por ello, Dios ha querido iluminarlo con su revelación, no sólo acerca de las verdades que superan la comprensión humana, sino también sobre verdades religiosas y morales, que, aun siendo de por sí accesibles a la razón.

Por ello al ser el hombre creado a imagen de Dios, en el sentido de que es capaz de conocer y amar libremente a su propio creador. Es la única criatura sobre la tierra a la que Dios ama por sí misma, y a la que llama a compartir su vida divina, en el conocimiento y en el amor. El hombre, en cuanto creado a imagen de Dios, tiene dignidad de persona: no es solamente algo, sino alguien capaz de conocerse, de darse libremente y de entrar en comunión  con Dios y las otras personas.

Como podemos ver, el hombre conoce a Dios, y por su razón es capaz de conocerle, al sentirse amado y reafirmar que puede amar a Dios, se siente acogido por Él y tiende a buscarlo.

Busquemos al señor en todo tiempo, sepamos que siempre esta con los brazos abiertos para recibirnos, que sea nuestra fuerza y nuestro gozo, nos seguimos encomendando a sus oraciones para que el Señor sea misericordioso y nos siga enviando sacerdotes según su corazón.

Enrique Avelino Hernández Rocha.

Primero de Teología.

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