EL TRIDUO PASCUAL, PRINCIPAL CELEBRACIÓN LITÚRGICA DE NUESTRA FE

Por: Sem. Ángel Adolfo Rivera Montoya. |

Tercero de Filosofía. |

Ángel Adolfo Rivera MontoyaVamos recorriendo un camino de preparación y penitencia, en el cual al final vislumbramos la celebración anual de los misterios que nos dieron vida, es por ello que a lo largo de estas semanas de preparación venimos contemplando cómo Jesús nos va haciendo conscientes de lo que él llama “su hora”, la cual dice está cerca; y estamos ya a escasas dos semanas de iniciar este tiempo especial de gracia.

¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! (Domingo de Ramos)

Con esta exclamación de victoria abrimos lo que denominamos la Semana Santa el Domingo de Ramos, día en el cual por medio de la procesión con las palmas, se recuerda como nosotros miembros del pueblo de Dios nos llenamos de alegría por la salvación que el Señor nos trae. Litúrgicamente este día se ve envuelto por un contraste, ya que de la alegría que nos evoca el evangelio que se proclama en la bendición de las palmas se pasa rápidamente al dolor y el sufrimiento que el Hijo de Dios experimenta por nuestra salvación, esto se nos presenta en la lectura de la Pasión del Señor en la cual encontramos la prueba máxima del amor de Dios por el hombre.

Durante el lunes, martes y miércoles santos, la liturgia de la palabra nos conducirá por el proceso que siguió Jesús, antes de mostrarnos de la manera más excelsa su amor por el hombre, también nos permitirá entrever cómo se adentra el mal en el corazón del hombre y cómo éste llega incluso a maquinar la muerte del inocente.

¡Tú eres sacerdote para siempre! (Misa Crismal)

Esta afirmación, recuerda la trascendencia del sacerdocio ministerial, el cual es ejercido en unidad al obispo diocesano, es por ello que antes de celebrar la Pascua del Señor, al igual que Jesús, que quiso estar reunido con sus discípulos en la Última Cena, el obispo se reúne con sus sacerdotes para renovar las promesas que el día de su ordenación hicieron. Además en esta misa se bendicen los Santos Óleos y se consagra el Santo Crisma, que recuerdan esa unidad con el obispo, después de esta celebración los aceites son llevados a cada una de las comunidades parroquiales para la administración de los sacramentos. Con esta Eucaristía se cierra prácticamente el Tiempo de Cuaresma, ya que en ella se utilizan ornamentos blancos y se entona el Gloria, siendo así ya la antesala más próxima para la celebración del Triduo Pascual.

“¡Hagan esto en conmemoración mía!”  (Jueves Santo)

Con esta frase el Señor instituye el admirable sacramento de la Eucaristía, por medio del cual perpetuaría su presencia en el mundo, pero también el sacramento del Orden Sacerdotal, dos sacramentos que van unidos intrínsecamente, ya que sin sacerdotes no habría quien llevara a cabo el sacrificio de la misa, también es importante resaltar dentro de esta celebración la institución del mandamiento del amor, tres grandes regalos que instituye el Señor en la Última Cena ya que no puede soportar dejar solos a aquellos a quien tanto ama. Esta celebración, además de exaltar estos tres elementos, sirve como introducción al Triduo Sacro. Un elemento importante que se debe observar antes de la misa es que el sagrario está vacío, ya que en esta misa se consagrarán las hostias suficientes tanto para este día como para el Viernes Santo. En segundo lugar se entona el Gloria y durante éste se repican las campanas para dar un realce mayor a este himno. Al terminar esta celebración se traslada el Santísimo a un lugar preparado para su veneración durante la noche. En esta misa no hay bendición ya que los tres días forman una sola celebración. Es importante también  despojar por completo el templo de todo signo de alegría, ya que entramos a la celebración del misterio de la pasión y muerte de Nuestro Salvador, por ello se desnuda el altar y se tapan las imágenes, preparando así el día de recogimiento que se avecina.

“¡Todo está cumplido!”  (Viernes Santo)

Este es el día en el que contemplamos cumplidas las visiones del siervo doliente de Isaías, por ello la celebración de este día inicia en silencio y con la postración del presidente de la asamblea, ya que se reconoce la indignidad del derramamiento de la sangre de Cristo. Las lecturas nos recuerdan las últimas horas de vida de Nuestro Salvador, pero sobre todo nos recuerdan el gran amor de Dios; la lectura de la Pasión de este día es la del evangelista san Juan, el testigo presencial de la muerte del Señor. En las preces de esta celebración la Iglesia propone una plegaria más universal, para recordar que esta sangre que se ha derramado es para salvación de todos. Se lleva a cabo también la adoración de la Cruz, que no es idolatría, sino el gesto para ser conscientes de que al morir en ella el Hijo de Dios resurge la esperanza de la salvación, con ella venció al pecado y a la muerte, y unió así nuevamente al hombre con Dios. La celebración termina con la distribución de la Comunión que nos recuerda la promesa del Señor de estar siempre con nosotros. Después se despide a los fieles exhortándolos a permanecer en oración en espera de la resurrección del Señor. El color litúrgico de este día es el rojo, el cual nos recuerda el gran amor de Dios que lo llevó a entregar su vida en la cruz.

El Sábado Santo, es un día alitúrgico, puesto que en este día no hay celebración del sacrificio de la misa, pues la Iglesia está expectante a los pies del sepulcro aguardando la resurrección del Señor, y se nos invita a permanecer como María la fiel esposa que aguarda.

“¡No, está aquí, ha resucitado!” (Vigilia Pascual)

Resurrection by Raffaelino del Garbo, 1510Durante la noche del Sábado Santo la Iglesia diseminada por todo el mundo invita a sus hijos a reunirse en oración, para aguardar la resurrección del Señor. En esta noche se enciende el Cirio Pascual que acompañará todas las acciones litúrgicas del Tiempo de Pascua. Se proclama el Pregón Pascual para anunciar de manera solemne la resurrección del Señor. Después se nos invita a meditar la Palabra de Dios, recordando cómo desde el origen del mundo el Señor fue conduciendo al pueblo de Israel con la esperanza de la salvación. Posteriormente la Iglesia exulta de gozo, con el himno solemne del Gloria, acompañado del repique de campanas. Posteriormente con el canto del Aleluya la asamblea se dispone a escuchar el relato evangélico de la resurrección. Acto seguido los catecúmenos reciben el bautismo, uniéndose así a la muerte y resurrección del Señor. La celebración continúa con la Liturgia Eucarística, actualizando el memorial del Señor que se entregó, pero ha resucitado.

“¡Aleluya, resucitó!” (Domingo de Resurrección)

La alegría que se vive desde la Vigilia Pascual se extiende a este domingo que da sentido a los domingos de todo el año, pues en él la Iglesia contempla a su Esposo y Señor resucitado. Un tinte especial de este domingo es el que le concede la secuencia que nos relata de una forma poética y bella el hecho de la resurrección.

Pidamos a Jesucristo que nos conceda disponer nuestro corazón para estas fiestas y podamos unirnos a su Pasión y Muerte, y resucitar con Él a una vida nueva.

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