«Era yo los ojos del ciego y los pies del cojo » (Jb 29,15)

Por: Sem. Jesús Ramón Martínez Longoria |

Primero de Filosofía |

Jesús Ramón Martínez Longoria

Jesús Ramón Martínez Longoria

Querido lector de “Nuestro Seminario”. Quiero compartir contigo, un poco de lo que, un seminarista realiza en un día ordinario de apostolado. Desde el 22 de agosto de este año, David Yáñez y un servidor ayudamos en una de las pastorales específicas más silenciosas y activas de nuestra querida Diócesis. Hablo de la Pastoral de la Salud o Pastoral de Enfermos. Cuando el Padre Coordinador de la Dimensión Apostólica (Pbro. Lic. Juan Noé Mendoza Barrientos) publicó los destinos de apostolado, me sentía muy nervioso, pues deseaba colaborar en la Pastoral de la Salud y efectivamente mi nombre apareció en esa pastoral.

En un principio fue muy difícil para mí, pues, lo que una persona puede experimentar en toda una vida, en el hospital lo puedes vivir en un día. En un momento te regocijas por los niños que están naciendo, te alegras con los familiares y con el enfermo mismo, pues su salud va mejorando satisfactoriamente; pero también te entristeces por el enfermo al que acompañas y le ayudas a preparar su alma para la muerte. Además de la visita a los hospitales tenemos algunas otras encomiendas de la misma pastoral: la catequesis y formación de nuevos grupos de Pastoral de la Salud en las parroquias Nuestra Señora de Guadalupe y San Antonio de Padua, y el acompañamiento a los grupos de la misma pastoral en retiros mensuales.

Este acercamiento ha generado en mí grandes experiencias, me ha dado una idea de la labor que realizaré un día como sacerdote, es un gran reto, una aventura, pero sobre todo un gran aprendizaje que me ha ayudado en esta etapa de formación.

Puedo decir que me siento muy contento de servir en este apostolado, pues aquí encuentro el rostro de Cristo sufriente, aquí, es  donde  practico las obras de misericordia, y es aquí donde me vuelvo más consciente de las palabras: “Tu hermano te necesita”. Aquí no hay aplausos ni ovaciones, sólo un “¡Gracias!” que brota del corazón, esto es lo más valioso y la mejor recompensa que puedo tener.

En el apostolado he descubierto el lazo perfecto de comunión entre ustedes y yo: la oración; por eso me encomiendo a sus oraciones, para continuar mi formación con la ayuda de Dios en esta Bendita Casa de Formación. Que María Santísima nos mantenga unidos en este camino que nos conduce hacia su Hijo Jesucristo.

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