ATENCIÓN A LOS ENFERMOS VIII | Salvifici doloris: “El dolor que salva” (6)

Por: Sem. Martín Nicolás Hinojosa Torres |

Primero de Teología |

Martín Nicolás Hinojosa Torres

Martín Nicolás Hinojosa Torres

El Señor Jesucristo ha resucitado según su palabra y esto es nuestra alegría y nuestro gozo: Vivir en el Señor. Con estos deseos de paz y plenitud, deseo continuar este camino de reflexión en torno a esta Carta Apostólica, Salvifici Doloris; particularmente en su penúltimo capítulo titulado: El Buen Samaritano. San Juan Pablo II, de entrada desarrolla  de manera sintética la parábola con la cual, el Señor Jesús responde a la necia pregunta del Doctor de la ley que se cuestiona ¿quién es mi prójimo? Comenta el Santo que, un buen samaritano, no sólo se detiene, como curioso espectador, sino que, a diferencia del sacerdote y el levita, se conmueve y su compasión le hace atenderlo, curar sus heridas, ponerlo en su cabalgadura e ir hacia un lugar dónde lo puedan atender.

 En un segundo momento, San Juan Pablo II comenta que un buen samaritano es todo hombre sensible al sufrimiento ajeno; no sólo las intenciones, sino que se conmueve ante el sufrimiento del otro; más aún, prosigue el Santo, es en definitiva buen samaritano el que ofrece ayuda en el sufrimiento, de cualquier clase que sea.

Más adelante, San Juan Pablo II  hace una descripción de lo que es el evangelio del sufrimiento, que clama el auxilio y la atención por el otro, el amor desinteresado que es capaz de detenerse, compadecerse, y no sólo eso, sino que es un amor que se acerca, que da la mano, que se compromete. En este sentido afirma: No puede el hombre « prójimo » pasar con desinterés ante el sufrimiento ajeno, en nombre de la fundamental solidaridad humana; y mucho menos en nombre del amor al prójimo. Debe «pararse», «conmoverse», actuando como el Samaritano de la parábola evangélica (SD #29). En este apartado, resalta la labor entregada de médicos, enfermeras y otros buenos samaritanos que día a día, van entregando sus talentos al servicio de sus prójimos.

En los párrafos restantes, el Santo hace la comparativa de Cristo con aquél buen samaritano, cuando comenta en el número 30 de la carta: El Evangelio es la negación de la pasividad ante el sufrimiento. El mismo Cristo, en este aspecto, es sobre todo activo. De este modo realiza el programa mesiánico de su misión, según las palabras del profeta: ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió para evangelizar a los pobres; me envió a predicar a los cautivos la libertad, a los ciegos la recuperación de la vista; para poner en libertad a los oprimidos, para anunciar un año de gracia del Señor.

En el próximo artículo, veremos la conclusión de este bello documento que San Juan Pablo II donó a la Iglesia y en ella a todo el mundo. ¡Alabado sea Jesucristo!

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