ATENCIÓN A LOS ENFERMOS (VII) – Salvifici doloris: “El dolor que salva” (5)

Jesús sana

Por: Sem. Martín Hinojosa Torres. |

Primero de Teología. |

Martín Nicolás Hinojosa Torres

Martín Nicolás Hinojosa Torres

Apreciados lectores de Nuestro Seminario: ¡Gracia y paz! En esta ocasión comparto con ustedes el capítulo sexto de la Carta Apostólica Salvifici Doloris: El evangelio del sufrimiento.

En un primer momento, San Juan Pablo II, presenta este título del Evangelio del sufrimiento, como proporcionado por los mismos testigos de la pasión, muerte y resurrección del Señor. María, su Santísima Madre, comenta el santo, es la primera que atestigua en su propia carne y su corazón, los padecimientos de su Hijo. “En ella se acumularon en una tal conexión  y relación, muestra de su fe inquebrantable y de su contribución a la redención de todos”.  La Virgen María, comenta San Juan Pablo II, ofreció una aportación singular al Evangelio del sufrimiento realizando por adelantando la expresión paulina, completando en su carne, así como en su corazón, lo que falta a la pasión de Cristo. Los apóstoles, reciben del Señor la invitación a ser partícipes de este mismo Evangelio del sufrimiento, cuando no les escondía, ni a ellos ni a todo el que lo escuchara, la necesidad del sufrimiento: Si alguno quiere venir en pos de mí, tome cada día su cruz; también les decía: La senda que lleva al Reino de los cielos es  estrecha y angosta; mientras que la que lleva a la perdición, es ancha y espaciosa; encontrarán múltiples persecuciones, siempre con la promesa de estar con ellos. Dicho sufrimiento, continúa San Juan Pablo II, siempre es y será “por Cristo”, “a causa de Cristo”, porque serán aborrecidos por el mundo, ya que el mundo me ha aborrecido a mí… pero, ánimo, yo he vencido al mundo (Jn. 16, 33).

Sin embargo, el evangelio del sufrimiento, es decir, esta buena nueva acerca del cómo llevar sobre sí el sufrimiento, conlleva una llamada especial al valor y a la fortaleza. Dicha llamada se cumple, comenta el Santo Padre, sostenida por la elocuencia de la resurrección, ya que  Cristo conserva en su cuerpo resucitado las señales de las heridas de la cruz en sus manos, en sus pies, y en el costado. Dicho así, todos los que sufren con Cristo, uniendo sus propios sufrimientos humanos, uniendo los propios sufrimientos humanos a los sufrimientos de Cristo.

Esto es el evangelio del sufrimiento, un camino que nos lleva a la contemplación, a la gran diversidad de personalidades que cada uno lleva sobre sus hombros. Que la Inmaculada Virgen María, Nuestra Señora de los Dolores interceda por nosotros, Amén.

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