San Rodrigo Aguilar Alemán

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Por: Sem. Enrique David Yáñez Díaz / Primero de Filosofía |

Enrique David Yáñez Díaz

Enrique David Yáñez Díaz

El 21 de mayo del 2000, en la plaza de San Pedro se vivía una fiesta mexicana, el motivo es que el Santo Padre, San Juan Pablo II canonizaba a 25 mártires de la revolución cristera, ese día fue dedicado a México durante los festejos del Jubileo del año 2000.

Entre los mártires que canonizaba San Juan Pablo II se encontraba, Rodrigo Aguilar Alemán, quien es patrono del Seminario Menor de nuestra Diócesis de Matamoros.
San Rodrigo Aguilar Alemán, nació el 13 de marzo de 1875 en Sayula, Jalisco, era hijo de Buenaventura Aguilar y de Petra Alemán. Niño y joven despierto, entra en el seminario auxiliar de Ciudad Guzmán, de la Arquidiócesis de Guadalajara, donde se distingue por su aprovechamiento, talento y aplicación. Fue ordenado presbítero el 4 de enero de 1905 por manos del arzobispo de Guadalajara, don José de Jesús Ortiz y Rodríguez (1849-1912).

El 27 de octubre de 1927, una columna de 600 soldados federales callistas al mando del general Juan B. Izaguirre y otra partida de agraristas al mando de Donato Aréchiga, invadieron el pueblo de Ejutla como a las once de la mañana y lo saquearon. El señor cura Rodrigo estaba en el convento de las adoratrices, ya que el entonces seminarista José Garibay presentaba examen de latín y él era uno de los sinodales. El señor cura Rodrigo entró a su cuarto para sacar unos documentos y se entretuvo. El seminarista Garibay se quedó a esperarlo, y en vista de que los soldados comenzaban a tirotear a los que huían, le pidió que se apresurase. Rodrigo Ramos quiso ayudar al padre Aguilar, y tomándolo por un brazo, puesto que se encontraba enfermo de los pies, lo hizo llegar al potrero, pero los soldados los cercaron y el padre le dijo a su ayudante: “Se me llegó mi hora, usted váyase”.

Poco después de la una de la madrugada del 28 de octubre de 1927 fue llevado a la plaza central de Ejutla para ser ahorcado. Los soldados hicieron alto al pie de un grueso y alto árbol de mango. Amarraron una soga sobre una de las ramas más gruesas e hicieron una lazada. El padre Rodrigo tomó en su mano la soga con que lo iban a colgar, la bendijo y perdonó a todos y regaló su rosario a uno de los que lo iban a ejecutar. Los soldados le pusieron la soga al cuello y uno de ellos, para poner a prueba su fortaleza, le dijo altaneramente: “¿Quién vive?”. Le había dicho que no lo colgarían si gritaba: “¡Viva el Supremo Gobierno!”. “¡Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!”, contestó con voz firme el mártir. La soga fue tirada y quedó suspendido en el aire; se le bajó y de nuevo se le volvió a preguntar: “¿Quién vive?”, “¡Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!”, respondió por segunda vez sin titubear; se le subió y bajó de nuevo. “¿Quién vive?”, se le gritó de nuevo, con soez provocación. “¡Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!”, dijo arrastrando la lengua, agonizante. Lo levantaron con rabia, lo dejaron caer y, en ese momento expiró. Todo se había cumplido, como con Jesús en su pasión. Era la una de la madrugada. Los testigos afirmaron que en ese momento vieron una claridad en el cielo. En el cielo brillaba la luz del nuevo mártir de Cristo. Lo dejaron colgado hasta el medio día. En la actualidad los restos del Padre Rodrigo se veneran en la parroquia de Ejutla, y se encuentra el árbol de mango donde fue martirizado.

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