Beato Sebastián de Aparicio, servidor del prójimo.

Por: Sem. José Eduardo Flores Rojas
Primero de preparatoria
 
José Eduardo Flores Rojas

José Eduardo Flores Rojas

Muy queridos lectores de Nuestro Seminario, es para mí un honor poder dirigirme a ustedes en esta columna, en esta ocasión les compartiré el testimonio de un misionero incansable de los pobres, el Beato  Sebastián de Aparicio.

Nació el día 25 de febrero del año 1502 en Galicia, España, hijo de Juan de Aparicio y Teresa del Prado, familia humilde pero muy piadosa y de valores cristianos. Desde muy pequeño trabajo en el campo para ganar el sustento y recaudar para la dote de sus hermanas, en el año de 1533 desembocaron en las playas de Veracruz y se dirigió a La Puebla, recién fundada por fray Toribio de Benavente. Dotado por una suspicacia natural, pronto se dio a la tarea de construir la carretera que llegara de Veracruz a México para que pasaran las carretas y que pronto construiría con un amigo español. Con esa obra resolvía dos problemas fundamentales: primero, el difícil transporte de mercancías, y el segundo, aliviar a los indios de la fatiga que padecían al tener que transportar todo sobre sus requemadas espaldas. Sin embargo, su mente y corazón veían más allá, a pesar de ver cristalizada la obra que lo inmortalizaría.

Tras dieciocho años de trabajo decide dejarlo, y con el dinero que había logrado acumular compró un terreno a las afueras de la ciudad. Fue en 1552, sus grandes obras le traerían beneficios a todos, su hogar se convirtió en asilo seguro para los menos afortunados y aparte donde podrían encontrar no solo el pan diario, sino el consejo y las enseñanzas de las virtudes cristianas que Sebastián no dejaba de practicar, quien enseñaba el volver a amar la vida y el trabajo. Algo que le caracterizó fue su amor al Santísimo Sacramento y a María. Tras haber generado granes ganancias limpiamente, surgieron entre sus vecinos el deseo de su fortuna, no faltaba quien quisiera arreglar un  matrimonio por interés, pero él con toda caridad lo rechazaba, no fue hasta que por su propia decisión contrajo matrimonio con una joven muy humilde pero de nobles valores, fue en 1556, en público eran como cualquier pareja, pero a la hora del descanso la persuadía para conservar la virginidad, solo había transcurrido un año cuando Sebastián enviudó, y tras dos años, movido por favorecer a una pobre joven llamada María Esteban, contrajo matrimonio y continuó con su vida de castidad.

Al enviudar nuevamente, aconsejado por su director espiritual y a su afán del servicio al prójimo, vendió todos sus bienes y lo recaudado lo donó a las religiosas de Santa Clara de México, y tomó los hábitos de franciscano, movido por gracia divina profesó el 13 de junio de 1575. Durante esos años de meditar en la vida de San Francisco, en su amor hacia la creación y al prójimo así como a la pasión de Nuestro Señor, y el gran amor al Rosario de Santa María que llevaba con grande amor.

Sus hermanos le admiraban la gran humildad y sencillez que le caracterizaba. Ésta no era más que el fruto precioso de su amor a Dios y de su obediencia inmediata a las órdenes de sus superiores. Tal simplicidad de corazón le abrió un camino nuevo en la vía de la santidad. Todo lo veía a través de su “fe de acero”, como solía repetir, y su preocupación era “no perder a Dios de vista”. Durante su vida dio gran muestra del servicio y el no buscar el bien propio sino el del prójimo, tantos pródigos obro en vida que le llamaba el “curalotodo”. Fue beatificado por el papa Pío VI, el 17 de mayo de 1789, su cuerpo incorrupto se conserva en San Francisco de Puebla, y el 25 de febrero fecha de su conmemoración es objeto de numerosos actos piadosos.

Ojalá, que sepamos al igual que el Beato Sebastián, ser puente del servicio a los hermanos y que por su intercesión, logremos ser servidores del Evangelio que con su vida nos dio testimonio. Me despido dejándoles un fuerte abrazo y que la alegría del Evangelio llene nuestras vidas. Amén

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