“Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1 Sam 3, 10)

Editorial

Por: Pbro. Lic. Felipe Manuel Arteaga Becerra |

Director Editorial |

Respuesta al llamado –Habla, Señor, que tu siervo escucha-. Cuando alguien llama a otra persona, ésta tiene que dar necesariamente una respuesta. Puede ser positiva, negativa, neutra e indiferente. Lo que el hombre no puede hacer es dejar la llamada sin respuesta. Cuando Samuel se entera de que es Dios que le llama, no duda en responder: “Habla, Señor, que tu siervo te escucha”. El hombre es libre para dar una u otra respuesta, pero está obligado a dar una respuesta, dada su intrínseca condición de llamado.

Respuestas audaces. En nuestro mundo, en nuestro ambiente Dios continúa llamando al sacerdocio y a la vida consagrada, como lo ha hecho a lo largo de toda la historia de la salvación. Sin embargo, se constata un descenso muy notable en el número de respuestas afirmativas y, consiguientemente, en el número de vocaciones sacerdotales, aunque en nuestra bendita Casa de Formación, parece que comienza de nuevo un movimiento ascendente en el número de vocaciones. Sin embargo, quizá no hemos hecho lo suficiente – o incluso hemos hecho muy poco – para promover, renovar y reavivar nuestra fe. Tal vez hemos pensado que las vocaciones es cuestión de la que se deben interesar los “curas” y, si somos curas, los encargados de la Pastoral Vocacional. El ambiente en que crecen los jóvenes hoy en día requiere de respuestas audaces y contra corriente. La comunidad parroquial y diocesana debe sostenerles y apoyarles en tales respuestas. Está en juego el futuro de nuestro Seminario y de nuestra Diócesis. Con la ayuda de todos, la audacia de la respuesta será más sólida y convincente.

Estamos en el mes de la biblia y, es ocasión de acrecentar en la escucha de la palabra de Dios  -la docilidad y la disponibilidad- que nos ayudarán a crecer, a madurar y a perseverar. Trabajemos incansablemente por ello, en nuestra vida. Además, en este mes participaremos de la bendición de algunos hermanos nuestros que serán ordenados en el grado de los diáconos y de los  presbiterios, pidamos a Dios por ellos, que sean auténticos ministros del Señor, que se muestren dóciles y disponibles para la misión.

La docilidad, de carácter más pasivo, deja claro que la prioridad es de Dios y de quien actúa en su nombre; un principio básico consiste en que todo fiel, en que cada seminarista, cada sacerdote no está terminado o hecho, para que decida dejarse formar, acompañar, confrontar, tocar. La disponibilidad tiene un carácter más responsable y activo. Es la actitud de quien trabaja industriosa y diligentemente en la construcción de su propio proyecto de vida, tomando iniciativas, buscando los medios, aprovechando las oportunidades.

Estas actitudes de docilidad y disponibilidad hay que tenerlas no principalmente en relación con la formación sacerdotal, sino ante la vida misma. Se trata de aprender de la vida y sus circunstancias, con verdadera docilidad ante el misterio de Dios que se hace presente en ella y verdadera disponibilidad para poner todo lo que está en su mano.

Señor, aquí estamos para ser discípulos misioneros… habla, que tu siervo escucha.

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