La Esperanza

Por: Sem. José Eduardo Hernández Rangel |

II de Filosofía |

¿Es posible que ante las situaciones de adversidad por las que el ser humano atraviesa en el caminar de la vida, en las que experimenta el sufrimiento y el dolor, pueda éste llegar a tener la esperanza de ser feliz? ¿Es posible que alcance a vislumbrar destellos de realización ante las tinieblas del dolor y de la angustia que oscurecen el camino que le conduce a la felicidad?

El hombre es, por naturaleza un ser racional, es decir, tiene la facultad de reflexionar, de conocer, de elaborar juicios y expresarlos para comunicarse, posee lenguaje que le permite expresar su interioridad. En esto se diferencia de los demás seres con los que comparte la existencia y, son estas facultades que el hombre posee, en cuanto que hombre, las que le permi­ten descubrir el fin último de su exis­tencia, la felicidad.

Una vez que el hombre ha descu­bierto el sentido de su existir, se en­cuentra con una intención: el modifi­car su realidad para alcanzar dicho fin. Su vida ya no es sólo un obrar por obrar, ya no es sólo un estar condena­do a vivir, sino un vivir para ser feliz, ahora posee una fortaleza interior que lo pondrá en espera de la propia reali­zación: la esperanza.

Es cierto que en este momento no posee la felicidad, pero sabe que ha sido creado para alcanzarla. Para alcanzarla es necesario planear; elabo­rar un proyecto en el que se empleen las acciones posibles para cumplir con tal finalidad. En este proyecto el hom­bre se descubre imperfecto, más con la capacidad de encontrar la perfec­ción. Pero en este camino de proyecto del hombre, del camino a su plenitud, existe la posibilidad de caer, de aban­donar el camino, debido a nuestra condición finita y limitada, unida a las realidades propias de la vida que se encuentran en un incesante cam­bio. Una de las realidades que provo­can en el hombre un desanimo en la espera y búsqueda de la felicidad es la muerte. Pues el hombre, frente a ella, se descubre a sí mismo limita­do, al grado de perder la esperanza de alcanzar la felicidad. Es entonces que el hombre sufre la “angustia”. “Me an­gustio porque me circundan innume­rables amenazas de la plenitud a la que aspiro” (Agustín Basave).

Estás amenazas están fundadas en el cambio de las cosas, pues cuando el camino parece claro y fácil de andar, aparecen de pronto situaciones que nos hacen experimentar la intranqui­lidad. Apenas estamos experimentan­do alguna alegría o satisfacción, cuan­do llega a nosotros el sufrimiento; el dolor por alguna situación -como la muerte de un familiar o amigo, el des­empleo, los problemas familiares- que nos afecta al grado de entregarnos a la cárcel de la angustia, dejándonos li­bremente caer en el mar de la desola­ción y perdiendo el sentido de nuestro existir. La felicidad parece inalcanza­ble.

Pero ese cambio en la realidad es también el fundamento de nuestra es­peranza. Pues ante estas contrarieda­des de la vida, encontramos una fuer­za interior que nos da la certeza de que tales situaciones no permanecen siempre negativas, alcanzamos a vis­lumbrar un cambio positivo en ellas. La esperanza nos da la confianza de saber que la felicidad es posible, por­que “lo que el hombre necesita no es vivir sin dificultades, sino esforzarse y luchar por una meta que le merezca la pena. Lo que precisa no es eliminar el dolor, el sufrimiento o la dificultad a toda costa, sino sentir la llamada a un sentido potencial (esperanza) que está esperando a que él lo cumpla”. No debemos engañarnos y pensar que la felicidad la encontraremos fá­cil y rápido, sin sacrificio. Es todo lo contario, la vida en la esperanza es una vida de trabajo, de dureza, dedi­cación, obediencia. Ya que no son las circunstancias y condiciones adversas las que deciden el continuar en el ca­mino a la felicidad, somos nosotros los constructores del puente que nos llevara hasta el estado de la plenitud. Es tiempo de tomar las herramientas que la vida nos ofrece para construir nuestro proyecto, para remover los escombros del sufrimiento y el dolor, y encontrar nuestra vocación: la fe­licidad. Pero esta esperanza debe de estar cimentada en Aquel que per­manece siempre fiel a su promesa de darnos la felicidad, la plenitud: la salvación.

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