Ante la crisis: ¿desaliento o esperanza?

Por: Pbro. Lic. Felipe Manuel Arteaga Becerra |

Director Editorial |

Hemos llegado al mes de noviembre y una vez más refrendamos nuestro compromiso: “Difundir buenas noticas desde el corazón de la Diócesis de Matamoros”. Y queremos redoblar esfuerzos pues, en últimas fechas los periódicos han multiplicado las malas noticias (inestabilidad política, conflictos sociales, injusticia, narcotráfico, corrupción, crímenes…), la causa aludida en muchos casos es la intolerable situación social pero, lo más singular es que a pesar de todo, Dios no nos ha abandonado.

Vivamos el mes de noviembre, como el mes de la esperanza cristiana, que nos tiene que recordar que Dios se sirve del hombre para realizar su tarea en el mundo. Nosotros no somos más que instrumentos en sus manos. Mantengan viva la chispa de la vida, esta debe ser la esperanza. Como escribió alguna vez el Beato Juan Pablo II en un poema:

Siempre a tiempo, la Esperanza se yergue en todo sitio al que la muerte somete. La Esperanza es el contrapeso de la muerte”.

No olvidemos, al crear un clima de desánimo, desaliento, desilusión y desesperanza hemos empujado a otros a la muerte. Aunque no lo sepamos o no lo queramos, siempre contagiamos a los demás con lo que llevamos en el corazón. Si tenemos desesperanza, contagiamos desaliento, tristeza, desilusión y apatía.

Si nos ponemos a ver detenidamente nuestra situación actual, casi todos tenemos motivos de sobra para estar desanimados. Pero… ¡existe la esperanza!, esperar es llevar adentro la seguridad de que, cualesquiera que puedan ser la intolerable situación en que ahora nos encontramos no puede ser definitiva, tiene que tener arreglo.

La esperanza no me hace ciego ante la situación actual, por el contrario me da una lucidez extraordinaria. Sólo si tengo la firme esperanza de que las cosas puedan ir mejor, me atrevo a mirar la situación actual sin maquillarla. Saber que la victoria final ya está conseguida por Jesucristo me permite mirar con serenidad la cruda realidad y asumir responsablemente la parte de culpa que yo tengo en esta situación.

La vida es como una carrera de relevos: nos vamos pasando el testigo del amor de Dios. Recojámosla y llevémosla con nosotros, hasta aquel día -así lo creemos- en que en el mundo feliz de las bienaventuranzas nos volveremos a encontrar y compartiremos la felicidad sin fin. Por ello, recordemos, “que la esperanza los tenga alegres” (Rm. 12, 12), sentimiento que provienen de la certeza de que el futuro será mejor.

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