Estuve preso y me fuiste a visitar (Mt 25, 36)

Por: Sem. Alberto del Ángel Vargas |

II de Teología |

Es indudable que la misión de todos los cristianos es llevar el mensaje de Dios a todos los hombres, difundir el Evangelio y sobre todo vivir conforme el Evangelio. La Iglesia de nuestros días nos propone ir hacia los más alejados y olvidados, llevarles el mensaje de salvación de Cristo Jesús, y eso solo se puede hacer bajo el impulso del Espíritu Santo, que hace al hombre capaz de amar y velar por la salvación de sus hermanos, de su prójimo.

Y nuestro prójimo no solamente es quien está a nuestro lado, al que conocemos y tratamos, al que vemos y con quien entramos en diálogo, nuestro prójimo y nuestro hermano, son todos aquellos por los que Cristo Jesús entregó su vida, a todos los que por la sangre preciosa de Jesucristo somos redimidos y compartimos un mismo Espíritu.

Si bien, es cierto que hay misioneros que por vocación deciden asumir esta tarea e ir a lugares lejanos en busca de sus hermanos, también es cierto que cerca de nosotros hay personas que aún desconocen a la persona de Jesús, que necesitan que les hablen de Dios.

Un grupo de estos cristianos alejados y olvidados, son aquellos que por situaciones de la vida, son recluidos en prisión, que son alejados de la sociedad, pero no por ello olvidados por Dios, antes bien, los busca y les invita a la conversión. Pero, para esta tarea, Dios se sirve de personas que con total disposición y espíritu de servicio se insertan dentro de este mundo penitencial, para que desde ahí la luz de Cristo ilumine a los que viven en tiniebla y sombra de muerte.

Por segundo año me toca colaborar con la pastoral penitenciaria, un mundo que cada vez que visito me presenta algo nuevo, un reto más grande, un redescubrimiento de lo importante de nuestra misión de cristianos, una necesidad de darlo todo por nuestros hermanos reclusos, ya que en ellos está Cristo reo, Cristo juzgado y sentenciado injustamente.

Es admirable la necesidad de Dios en ese lugar, es sorprendente ver cómo hermanos nuestros que antes no conocían a Cristo Jesús y por eso andaban en mal camino, ahora se han encontrado con Cristo Camino, Verdad y Vida, y han cambiado su manera y forma de vivir, basado en la esperanza de que el juicio de Dios es un juicio de misericordia que supera toda justicia, aún más la terrena.

Falta mucho por hacer, de eso estamos conscientes, pero sabemos que esta tarea misionera la realiza Dios, nosotros somos meros instrumentos con pies, manos y boca para proclamar y llevar las grandezas de Dios. Pido a ustedes oren por esta causa, por nuestros hermanos reclusos que justa e injustamente están pagando una condena, para que no desesperen, para que dejen entrar a Cristo en sus vidas, para que se suscite en ellos un deseo de conversión, pidan por los miembros de la pastoral penitenciaria, que regalando parte de tiempo y vida, se dedican a esta ardua tarea de amor, en obediencia al mandato de Dios.

Que María Santísima, Estrella de la Evangelización bendiga esta obra misionera de nuestra ciudad.

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