“Como mi Padre me envió, así os envío a vosotros” (Jn 20,21)

Por: Pbro. Lic. Felipe Manuel Arteaga Becerra |

Director Editorial |

“Evangelizar constituye, en efecto,  la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia” (EN14).

Enviados a predicar, a anunciar la Buena Nueva del Reino, a santificar a los hombres, a transformar el mundo con la fuerza del Evangelio. Y el DOMUND 2011 nos recuerda que la misión es corresponsabilidad de todos; por ello, tengamos presente que “evangelizar constituye, en efecto,  la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia” (EN14).

Su Santidad Benedicto XVI en su mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2011 nos dice: “La misión universal implica a todos, a todo y siempre. El Evangelio no es un bien exclusivo de quien lo ha recibido, sino que es un don que hay que compartir, una buena noticia que hay que comunicar. Y este don-compromiso le es confiado no solamente a algunos, sino a todos los bautizados, los cuales son <> (1Pe 2,9) para que proclame sus obras maravillosas”.

Que esta edición de “Nuestro Seminario” sea una invitación que nos impulse con dinamismo y esperanza a tener siempre presente la dimensión misionera de la Iglesia. La misión del evangelizador es presentar al mundo la verdadera imagen de Dios, el amor de Dios que se refleja en su revelación, la sublime doctrina del Evangelio capaz de transformar el mundo. Hoy nuestra Iglesia necesita santos y testigos que en su propia vida reflejen su experiencia cristiana. Hacen falta verdaderos hombres de Dios que sean testigos por excelencia del amor de Dios y de nuestro destino sobrenatural. Así, nos lo recordaba Pablo VI en la “Evangelii Nuntiandi”: “La Buena nueva debe ser proclamada, en primer lugar mediante el testimonio… Todos los cristianos están llamados a este testimonio y, en este sentido, pueden ser verdaderos evangelizadores” (EN 21).

Pero, sin duda, que el compromiso de adelantarse con ese testimonio de vida recae en primer lugar sobre aquellos a los que encomendó el Señor el cuidado de su pueblo. El sacerdote se  acercará tanto más al ideal del evangelizador cuando su vida sea más radicalmente evangélica, desprendida y sacrificada y cuánto más pronto esté para comprometerse con su pueblo.

Apostemos porque Nuestro Seminario vaya formando al sacerdote –servidor de la Palabra- y forje ese entusiasmo de anunciar al mundo el gozoso anuncio de la salvación. Para ello, deben escuchar ante toda la Palabra salvadora que han de comunicar y, al mismo tiempo, han de escuchar las inquietudes y necesidades de aquellos a quienes la deberán anunciar.

Que el camino misionero en este mes de octubre, renueve en cada uno el deseo y la alegría de “ir” al encuentro de la humanidad llevando a todos a Cristo.

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