Alocución de Mons. Ruy Rendón Leal

Emmo. Sr. Cardenal
Excelentísimos Señores (Arzobispos y) Obispos
Estimado Mons. Giovanni, Secretario de la Nunciatura Apostólica en México
Hermanos sacerdotes y diáconos
Miembros de la Vida Consagrada
Seminaristas
Apreciables autoridades civiles
Muy queridos hermanos y hermanas, laicos que nos honran con su presencia.
 
 

Hace casi seis años cuando era ordenado Obispo de la Prelatura de El Salto, le decía al Señor: “Toma mi vida toda, aquí estoy, dispuesto a morir en el servicio de mis hermanos”. Llegué con la intención de dar la vida, incluso de terminar mis días en esa Iglesia Particular que me acogió como su Tercer Obispo. Pero el Señor no me tomó la palabra; el hombre propone, pero es Dios quien dispone. Cuando prácticamente me sentía ya un duranguense por adopción, el Señor me ha pedido que adopte a este Estado de Tamaulipas como mi nueva tierra, mi nueva casa, mi nueva grey.

Llego ahora a la Diócesis de Matamoros como Quinto Obispo; de nuevo evoco y, ante esta nueva circunstancia, reformulo aquel buen deseo de un hermano sacerdote de Monterrey: “Ruy, ojalá que te mueras… en Matamoros”. Así llego, queridos hermanos y hermanas, a estas benditas tierras Tamaulipecas, dispuesto a desgastar mi vida por este rebaño que el Señor pone bajo mi cuidado y atención. Y es que, el Pastor de una Iglesia, si no está dispuesto a entregar la vida por su amada esposa, como Cristo lo hizo en la Cruz, no será un verdadero Pastor de las ovejas.

No ha sido fácil para un servidor llegar a esta magna celebración; este nombramiento me ha costado muchas lágrimas, Dios lo sabe; pero aquí estoy, con gozo y esperanza, dispuesto a cumplir la voluntad del Señor que me invita ahora a servir a esta Iglesia de Matamoros; Iglesia de una rica y vasta experiencia pastoral de más de 50 años, guiada por Obispos que sin duda, han dejado una huella imborrable en los procesos de evangelización que se han llevado a cabo en estas tierras del Norte de Tamaulipas. Su Primer Obispo, “el Prelado que dio aliento a la religiosidad popular y desafió al tórrido verano, sabio guía de la infancia diocesana que no olvidó su experiencia parroquial”: Mons. Estanislao Alcaráz y Figueroa; su segundo Obispo, “el Prelado de la filosofía, el pensador y de la austeridad franciscana”: Don Sabás Magaña García; y en estos últimos 18 años: el Tercer Obispo, “el Prelado de un corazón enorme en un cuerpo pequeño y de una personalidad radiante”: Mons. Francisco Javier Chavolla Ramos; y su Cuarto Obispo, “un sapiente biblista, émulo intrépido de los Boanerges evangélicos, en la placidez presbiteral”: Mons. Faustino Armendáriz Jiménez. Soy heredero de un arduo trabajo pastoral que ahora, con el auxilio del Señor, me toca continuar.

Queridos hermanos, miembros de esta Diócesis de Matamoros, permítanme servirlos en la tarea que se me ha confiado. El Obispo, como sucesor de los apóstoles, es enviado por Jesús para cumplir un triple ministerio de amor: Predicar el Evangelio, Santificar al Pueblo de Dios, Regir la Iglesia a él encomendada. Mi servicio como pastor de esta Iglesia, será ante todo: Predicar a Jesucristo, como el Camino, la Verdad, y la Vida; Administrar los Sacramentos como Celebraciones del Misterio Pascual de Cristo, Fuente de santificación; Conducir esta porción de la Iglesia Universal con solicitud, con actitud de servicio y amor.

Este triple ministerio no lo podré realizar eficazmente sin una sólida vida interior, cimentada en la oración. Quiero ser un pastor orante, un pastor que ore por su Pueblo, un pastor que interceda día y noche por los necesitados. María Santísima será sin duda una clara inspiración para la realización de este proyecto de amor por esta Iglesia de Matamoros.

Muy queridos padres de El Salto: todavía recuerdo con especial emoción aquella primera reunión que tuvimos un día después de mi Ordenación episcopal. Les propuse en esa ocasión, como reto, llegar a ser el mejor presbiterio de México. No sé si lo logramos, no tenemos forma de saberlo, pero lo que sí sé es que, quienes nos visitaban en la Prelatura: laicos, consagrados, sacerdotes e incluso obispos, quedaban gratamente impresionados por su entrega y generosidad en medio de grandes carencias y dificultades. Créanme que yo también los admiro, sigan con empeño trabajando en consolidar cada vez más su vocación, con fidelidad, alegría y perseverancia.

Padres de Matamoros: les propongo ahora a todos y a cada uno de ustedes el mismo reto: ser el mejor presbiterio de México. Un presbiterio fraterno, unido, entregado, responsable y generoso en el servicio pastoral. Que en cada dimensión de nuestro ser y quehacer sacerdotales, nos distingamos en poseer una plena madurez humana, una profunda vida interior, una doctrina sólida y una caridad pastoral a toda prueba. Nuestro Pueblo reclama de nosotros la sabiduría y la santidad de vida; sólo siendo sacerdotes sabios y santos podremos construir e impulsar la Iglesia discípula y misionera que queremos ser.

La actividad de nuestros hermanos y hermanas que integran los diferentes grupos, movimientos y asociaciones laicales es, sin duda, hoy más que nunca, muy valiosa e indispensable. Ustedes, queridos laicos, no son cristianos de segunda categoría, ustedes son la fuerza de la Iglesia, la sal de la tierra y la luz del mundo. Impregnen cada ámbito de la vida, donde ustedes se hacen presentes, de los criterios de Dios: la familia, la escuela, la política, la economía, la recreación. Sean fermento y levadura en la masa. Luchen en contra de la corriente y no se dejen cautivar por las seducciones del mundo. La gente tiene hambre y sed de Dios, ustedes tienen mucho que ofrecer a esta sociedad materializada, no desfallezcan, perseveren en su testimonio.

Saludo con aprecio a todos los miembros de la Vida Consagrada; quiero decirles, hermanos y hermanas, que ustedes representan una clara y constante luz que ilumina la vida de quienes formamos esta Diócesis de Matamoros. El testimonio de una vida pobre, casta y obediente nos estimula a una mayor entrega de su consagración; cuando el Señor pronunció su nombre y les invitó a vivir radicalmente los valores del Evangelio. No olviden, por último, que una verdadera consagración se vive alegremente, totalmente y perpetuamente.

Mi palabra, ahora la dirijo a quienes padecen alguna situación de pobreza o sufrimiento: pienso en los enfermos, en los recluidos en centros de reintegración social, en los migrantes, en los hombres y mujeres que han perdido a un ser querido a consecuencia de la inseguridad y la violencia que imperan en nuestros pueblos y ciudades. No hay que desfallecer, ni desmoralizarnos, el cristiano es un hombre de esperanza que confía en que al final el bien triunfará sobre el mal. Acerquémonos más a Jesucristo, él es nuestra verdadera paz; tengamos una fuerte y profunda experiencia del Señor a través de su Palabra, a través de la Eucaristía, a través del prójimo, sobre todo del que sufre alguna carencia. No olvidemos, además, que como bautizados y miembros de la Iglesia tenemos un deber muy grande: ser discípulos y misioneros de Jesucristo.

Este discipulado misionero no es, en la Iglesia, una moda de estos últimos años; moda que hoy está presente y que mañana desaparecerá. El discipulado misionero es, ante todo, la esencia de todo bautizado; es lo que el Espíritu dice hoy en día a su Iglesia. Iglesia de Matamoros: conoce, ama, sigue a Jesucristo y comparte con todos la experiencia de la fe, hazlo a tiempo y a destiempo, con palabras pero sobre todo con el testimonio de una vida recta, limpia y honesta; no como un complemento o una actividad de fin de semana, sino como lo más natural, lo más ordinario que puedes realizar cada día.

Recorriendo las páginas de la Historia de la Salvación, específicamente en los relatos vocacionales, me encuentro con un dato muy importante y significativo: Dios cuando llama a alguien para una misión especial, pienso en el caso de Abraham, Moisés, Jeremías, la Virgen María, los Apóstoles, etc., después de escuchar la primera respuesta de incertidumbre y confusión que el elegido le manifiesta, el Señor suele expresar unas palabras que llenan el corazón del hombre, dándole seguridad, entereza y confianza ante la encomienda del envío; estas palabras son: “TECUM EGO SUM” (“Yo estoy contigo”). Estas palabras, que he convertido en el lema que inspire mi labor episcopal, infunden en mi espíritu la convicción que el Señor me acompaña, que no estoy solo en esta tarea que me solicita. Y si humanamente la obra se percibe ardua y difícil, a la luz de la fe sabemos que Dios, que ha comenzado en nosotros esta obra buena, él mismo la llevará a buen término. La certeza que el Señor está conmigo, hace que me sienta lleno de fortaleza y valentía para ejercer este servicio de Iglesia.

“Tecum Ego Sum” expresa, además, el mensaje que, como Obispo, deseo transmitir a cada persona, a cada fiel cristiano de esta Diócesis de Matamoros: laicos, personas consagradas, sacerdotes. Cómo anhelo que en mi servicio episcopal, las mujeres y los hombres que se encuentren sumergidos en el sufrimiento a causa de la pobreza, la enfermedad, la violencia, la soledad o la injusticia, experimenten, a través de mi persona, la cercanía del Dios con nosotros: del Emmanuel que nos acompaña, misericordiosamente, todos los días hasta el fin del mundo.

Hermanos y hermanas de la Diócesis de Matamoros: el día de hoy, más que tomar yo posesión de la Diócesis, quiero decirles, que son ustedes quienes toman posesión de mí; ustedes no me pertenecen, soy yo, quien les pertenezco a ustedes de ahora en adelante. Permítanme acercarme y compartir el mensaje del Evangelio con todos los grupos, sectores e instituciones que constituyen la sociedad de esta región de Tamaulipas: niños, adolescentes, jóvenes y adultos; estudiantes, obreros, desempleados, agricultores, pescadores, comerciantes, empresarios, políticos, profesionistas, maestros, autoridades civiles y militares, seminaristas, sacerdotes, consagrados, hermanos y hermanas con capacidades diferentes, miembros de otras religiones y creencias; la lista de personas puede ser interminable; a todos les digo, con la claridad del Evangelio, que Dios los ama y que espera mucho de cada uno de ustedes, según su estado de vida, su vocación, su condición humana, personal o familiar.

Quiero tener una palabra, en esta ocasión, para cada persona, sin embargo, sé que no es el momento oportuno. Considero por ello, que durante los próximos meses, podamos, un Servidor y ustedes, ir teniendo diversos encuentros a fin de conocernos y ofrecerles un mensaje más preciso y adecuado según las circunstancias. Les ofrezco que a través de la Secretaría del Obispado podamos ir agendando esos encuentros eclesiales que sin duda traerán muchos frutos.

No tengo palabras para expresar mi gratitud por esta fiesta que estamos celebrando. Gracias a quienes desde tierras un tanto lejanas (Durango, por ejemplo) han venido hasta aquí para vivir este acontecimiento de Iglesia. Gracias de todo corazón a cada uno de ustedes: mis hermanos Obispos y Arzobispos, sacerdotes, seminaristas, miembros de vida consagrada, familiares (mi hermano, primos, sobrinos), autoridades civiles (Sr. Gobernador, Presidentes Municipales), amigas y amigos todos, gracias por sus muestras de cariño y su presencia que me llena de alegría. Agradezco también a quienes de las diferentes comunidades y sectores de la Diócesis de Matamoros se han hecho presentes y han colaborado en este magno evento. Gracias por el tiempo y el trabajo que ha implicado. Que todo sea para la mayor gloria de Dios. Gracias, gracias de corazón a todos.

En la Sede de la Diócesis de Matamoros, a los 3 días del mes de Septiembre del año del Señor 2011.

Mons. Ruy Rendón Leal

V Obispo de Matamoros

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One Comment en “Alocución de Mons. Ruy Rendón Leal”

  1. Yamani Torres Morin 27 octubre, 2012 a 5:50 PM #

    Felicidades ,dandole gracias a Dios por enviarnos a un Santo a nuestra Diosesis ,felicidades en su cumpleaños ,que Nuestro Señor siga derramando muchas gracias sobre su espiritu, con cariño Yamani Torres de Peña ,Reynosa ,tamps.

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