¿Qué es la Vocación?

Por: Sem. Juan Carlos Barrón Montalvo |

II de Teología |

Lo que hoy queremos compartir, lo hacemos con el anhelo de iluminar un poco esta realidad tan singular que a todos nos toca, pues nuestra plenitud y felicidad depende de cuánto  busquemos  llevar a cabo el plan de Dios en nuestra vida.

Vocación significa “llamado”, del latín vocare -que quiere decir llamar-y se refiere a que cuando Dios te creó, también te pensó y te llamó a un estado y condición de vida específicos, a un estilo de vida concreto. Dios tiene para todos una misión a la que debemos responder libre y comprometidamente.

Para  manejar un barco se necesita tener una infinidad de cualidades, desde saber cómo encenderlo, hasta poder darle una dirección correcta,  tomar medidas que no afecten a los demás ni a  nosotros mismos. Es evitar que se hunda y que los demás se sientan en confianza dentro del barco, hasta llegar a puerto seguro.  Así es la vocación,  apunta hacia los sueños, los anhelos del alma en relación con la vida, es dar dirección, y tomar las decisiones correctas que nos haga felices a nosotros y a los demás.

La vocación se expresa en diferentes niveles, es decir, el hombre ha sido llamado a la existencia para trascender como persona en un diálogo propio de aceptación y de cooperación con todos los llamados a la existencia (vocación humana); así mismo, es convocado en un proyecto de crecimiento en el amor mediante el llamado a la fe en Cristo Jesús (vocación cristiana), y se expresa de forma concreta y específica por la participación en la misión y vida de la Iglesia, para construcción del Reino de Dios (vocación específica).

Es así, que el hombre llamado a la vida, descubre además un llamado a la fe, que es adentrarse a la aventura de un Dios que se le revela en su caminar. Por este segundo llamado descubre que Dios es Padre y que le llama por Jesucristo para ser su hijo en una vida de santidad.

El llamado a la fe implica una adhesión consciente a Cristo, ya que el encuentro con Él transforma a la persona, de manera que el ser cristiano no puede darse de forma abstracta o etérea, sino que pide situarse en una forma de ser cristiano concreto: como laico, como consagrado, como misionero o como ministro ordenado. Así, el proceso de madurez humana y cristiana, se desenvuelve en un compromiso gradual dentro de la Iglesia para el mundo.

Nos comparte el Beato Juan Pablo  II en su libro “¡Levantaos! ¡Vamos!“, al preguntarse dónde mana su vocación, nos dirá nace en el cenáculo de Jerusalén, en la que tuvo lugar la última cena, donde nos dejo el mandamiento del amor, donde nos amó hasta el extremo, donde hizo sacerdotes de la nueva alianza a los discípulos (Jn 15,9-14). Con ese trasladarse espiritualmente hasta aquel memorable Jueves santo nos quiere expresar  que la meta y el sentido de nuestra vocación a la vida religiosa es ir y dar fruto y que nuestro fruto permanezca. Fruto de santidad y de vida cristiana pues, el amor es el vínculo que une todo (Jn. 15,16). Que Dios nos haga grandes seres humanos y nos dé su gracia para responder fielmente a nuestras diferentes vocaciones.

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